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Cuando vemos una foto a veces nos preguntamos quien serán las personas fotografiadas, solamente analizamos la foto desde nuestro conocimiento técnico y otra cosa. En esta foto uno de las muchos retratos de Richard Avedon, me propuse indagar sobre los personajes….Son la vizcondesa Jaqueline de Ribes, y Raimundo de Larrain.

Nació 1929 en París como Jacqueline Bonnin de La Bonninière de Beaumont. Sus padres fueron Juan de Beaumont , conde Bonnin de la Bonninière de Beaumont (1904-2002), y su esposa Paule de Rivaud de La Raffinière (1908-1999). Creció en un ambiente de riqueza aristocrática francesa y elegancia.

En febrero de 1948, se casó con Édouard de Ribes , vizconde de Ribes (1923-2013), un banquero rico y exitoso, que posteriormente se convirtió en conde de Ribes.
A la edad de 25, ella aparecía en las listas de las mujeres mejor vestidas, después de haber llevado constantemente la ropa de alta costura toda su vida. Fue nombrada constantemente a la Lista Best Dressed Internacional . Ella fue uno de los invitados que asistieron Carlos de Beistegui famoso “Le Bal oriental” en 1951, Alexis von Rosenberg, Barón de Rede famosas “Bal des Têtes” en 1957 y “bal Oriental” en 1969, tanto en el Hôtel Lambert . También fue invitada a Truman Capote ‘s “Bola Blanco y Negro” en 1966.

He titulado la entrada Raimundo de Larrain, por que este si que tiene su historia.

De nacionalidad chilena su vida en Francia y su carrera como escenógrafo y diseñador de vestuarios para el Gran Ballet de su tío, el Marqués de Cuevas –uno de los cuerpos de baile más famosos del planeta–, casado con Margaret Rockefeller, se sabe prácticamente todo: que los estrenos de La Cenicienta y La Bella Durmiente en París fueron todo un suceso; que recibió los más importantes premios a nivel mundial; que bailarines como Nureyev, Geraldine Chaplin e Irena Milovan cayeron rendidos a sus pies; que los europeos quedaron hipnotizados con su simpatía y manejo estético; que en su atelier en la Rue de Saints-Péres en la Rive Gauche del Sena dibujaba los más lindos escenarios y espectaculares vestuarios sin descanso. En definitiva, un éxito resonante basado en un talento innato y un carisma artístico único. Pero en esta historia hay una segunda parte menos explorada, pero igualmente victoriosa que tiene que ver con el glamour, la moda, las fotografías y las revistas Vogue y Life.

Poco tiempo después de la muerte del marqués de Cuevas, Raimundo Larrain Valdés decidió cerrar el ballet –el cual dirigía tras la muerte de su tío– y marcharse de París junto a la millonaria viuda Margaret Rockefeller (con quien se casó años después) e instalarse en Nueva York. Se compró un precioso departamento al lado de la Catedral de Saint Patrick en la Quinta Avenida y desde el piso 40 conquistó la Gran Manzana, pero ya no como escenógrafo ni diseñador, sino que como fotógrafo de moda. Obviamente, talento, sensibilidad y conocimientos sobre el tema tenía, pero el manejo de la cámara, los encuadres y la luz los fue adquiriendo con el tiempo. Y no en mucho, porque su carrera fue corta pero muy fecunda.

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Su primer contacto con la moda fue en 1957, cuando revolucionó el ambiente artístico y social europeo al ganar el primer lugar del glamoroso concurso de peinados llamado “Baile de Têtes” en el fastuoso Palacio Lambert, propiedad del también chileno y millonario Arturo López Willshaw. Frente a un selecto jurado (la duquesa de Windsor y Eduardo VIII, entre otros) y con una maravillosa decoración a cargo de un jovencísimo Yves Saint Laurent, desfilaron más de doscientas mujeres con atavíos en sus cabezas diseñadas por renombrados como Christian Dior, Balenciaga y Dalí. Entre tanto famoso, el ganador fue este joven chileno quien diseñó para la vizcondesa Jacqueline de Ribes un impresionante tocado con piedras y plumas.

Nadie tiene muy claro cómo Raimundo logró entrar con tanta soltura a la crème de la crème del mundo editorial americano, hay una mezcla de varios factores: primero que venía de Europa cargado de éxitos y su nombre no era desconocido para nadie; segundo, su talento innato y tercero, que a los norteamericanos de la época les encantaba todo lo que viniera del Viejo Continente, y éste era un ejemplar de primera. Prueba de ello, es que al poco tiempo recibió el premio al mejor fotógrafo del año y revistas como Vogue, Life, Fortune y Harper’s Bazaar le dedicaban sus portadas y varias páginas a su obra fotográfica.

Pero sin lugar a dudas, su amistad con la genial Diana Vreeland (1903-1989) fue clave. Esta americana, directora del Vogue entre 1962 y 1971, fue su gran aliada e íntima amiga. La mujer más influyente del fashion system de entonces, la “emperatriz del buen gusto” o “la suma sacerdotisa de la moda” tomó en sus manos (siempre de uñas rojas) la carrera de Raimundo y la hizo brillar. Junto con descubrir a Twiggy, Marisa Berenson y Veruschka, encontró en él una faceta muy particular que supo explotar.

La española Nati Abascal con su inigualable gracia andaluza y su figura estilizada, conquistó al mundo de la moda en los 60 y al chileno. Al igual que Richard Avedon (su descubridor), Irving Penn y Norman Parkinson, Larraín quedó fascinado con ella, sobre todo porque cumplía con los cánones estéticos que buscaba el fotógrafo, un look exótico y distinguido.

Además Raimundo era un muy buen retratista. Ni el jet set, ni el mundo de la moda, el cine y el arte escaparon al clic de su cámara. Por ejemplo inmortalizó a un jovencísimo Miguel Bosé vestido de torero y la propia Diana Vreeland; a las nietas de Franco, las hermanas Mariola y Carmen Martínez-Bordiú Franco (esta última casada con Alfonso de Borbón, cuyo matrimonio fue uno de los más grandiosos de la época, también inmortalizado por Raimundo); a Liza Minnelli; al polémico O.J. Simpson; al torero Manuel Benítez, conocido como “El Cordobés”; a la famosa columnista Susy y a la duquesa de Windsor jugando cricket.

Su carrera fue corta pero prolífera. Raimundo Larrain fue un hombre que supo moverse con soltura y muchísima gracia en dos mundos que, a pesar de diversos, tienen mucho de la estética, el ojo, la creación y el arte que lo alimentaron a lo largo de su vida.


Marqués de Cuevas

El Marqués George de Cuevas, nacido en Chile como Jorge Cuevas Bartholín (1885-1961), fue un excéntrico empresario de ballet y mecenas de las artes, figura renombrada de la alta sociedad francesa y norteamericana, aunque más conocido por dirigir su propia compañía, el Grand Ballet du Marquis de Cuevas, fundada en 1944 como el Ballet International.

Marques de Piedrablanca de la Guana

Era hijo de Eduardo Cuevas Avaria (1821-1897), político y diplomático chileno, y de su tercera esposa, María Manuela del Carmen Bartholín de la Guarda, quien era mitad danesa. Aunque aparentemente era homosexual, viviendo en Francia conoció a Margaret Strong Rockefeller (1897–1985) -nieta por vía materna del co-fundador de la Standard Oil, el magnate John D. Rockefeller-, con la que se casó en París el 3 de agosto de 1927. Ese día recibió por decreto real del monarca español el título de Marqués de Piedrablanca de la Guana (de acuerdo a Vanity Fair, fue un título adquirido por Cuevas posiblemente gracias a su millonaria novia), aunque quiso ser conocido como Marqués de Cuevas hasta el día de su muerte.

Por la época de la boda, Cuevas servía como secretario de la Legación Chilena en Londres; la novia había crecido en Italia y estudiado química en la Universidad de Cambridge. Tuvieron dos hijos: Elizabeth (Bessie) en 1929 y John en 1931. Su hija sería más tarde la escultora Elizabeth Strong-Cuevas. Instalado en Estados Unidos se convirtió en patrón del pintor español Salvador Dalí­, instaló una tienda para damas llamada “Irfé” y, apasionado balletómano, fundó su propia compañí­a de ballet con el dinero de su esposa.

Retrato del Marques de Cuevas por Salvador Dali

En julio de 1940 se había naturalizado ciudadano de los Estados Unidos en New Jersey, renunciando a su marquesado y convirtiéndose legalmente en George de Cuevas. Su título sin embargo continuó siendo usado socialmente en los reportes de prensa. Cuevas y su esposa fueron sponsors de una exhibición de arte que incluía antiguos maestros y modernos franceses prestados de colecciones privadas y valuados en 30 millones de dólares. En 1944 creó la compañía Ballet International en la ciudad de Nueva York, actuando en el hoy inexistente Columbus Circle.

ballet montecarlo

El Marqués era una figura rutilante, muy querido por el público francés, y daba frecuentes y elaborados bailes. En 1953 ofreció “El Baile del Siglo” en el Chiberta Country Club de Biarritz, al que asistieron 2.000 personas con disfraces del siglo XVIII. Cuevas, vestido en lamé dorado y un aparatoso cubrecabeza con altas plumas de avestruz, figuraba como Rey de la Naturaleza, mientras su cuerpo de ballet representaba el Acto II de “El Lago de los Cisnes” sobre una balsa en el medio de un lago. El acontecimiento fue considerado una de las fiestas más lujosas de todos los tiempos, por el que Cuevas mereció críticas hasta del Vaticano, que le recriminó el despilfarro. (Y eso que el papa era Pio XII Pacelli, que era sumamente extravagante, ostentoso y despilfarrador en su afán de teatralidad.)

"El Rey de la Naturaleza” rodeado de su séquito el día de su célebre baile del siglo XVIII

Al “divino Marqués” le gustaba entretener y llenaba sus casas con figuras de la sociedad, títulos de nobleza, celebrados artistas y bailarines. Era constante el flujo de emigrados rusos. En las fiestas de Cuevas estaban la Reina Madre de Egipto, Maria Callas y, por supuesto Salvador Dalí, quien era regular en su casa”, cuenta Mafalda Davis, una relaciones públicas de origen egipcio que era gran amiga del marqués. George les hacía muchos regalos. Compraba viejas pieles y joyas a los rusos pobres de París y se los daba como presentes. Le dio a la Vizcondesa de Ribes un abrigo de marta cibellina y a Mrs. Gurney Munn de Palm Beach un reloj en el que había grabado “Pueda el tic tac de este reloj recordarte la belleza de tu corazón fiel”.

En su apartamento del Quai Voltaire una docena de amigos íntimos formaban la “corte” del marqués: la princesa Marthe Bibesco, la vizcondesa Jacqueline de Ribes, su sobrino Raimundo de Larrain, varias bailarinas de su cuerpo de ballet, José Luis de Vilallonga, Juliette Achard y Serge Lifar. Cual nuevo Rey Sol, lo acompañaban en su despertar, en su aseo personal y luego lo escoltaban en las cenas, ocasiones en que el “divino marqués” reunía a la flor y nata de París, como Maurice Chevalier, Blanche de Polignac, Jean Cocteau y Jean Marais, Arturo López-Wilshaw, la princesa Troubetzkoy, el barón de Rédé, Marie-Laure de Noailles y Fawzia de Egipto.

Raymundo de Larrain y Jacqueline de Ribes, dos de sus acólitos

José Luis de Vilallonga registró en su libro “Mi vida es una fiesta”, que “Las llegadas del marqués de Cuevas al teatro de los Champs Elysées eran siempre happenings que dejaban boquiabiertos a quienes presenciaban sus estruendosas apariciones en las aceras de la avenida Montaigne. Precedido por media docena de repelentes pequineses cuyas correas sujetaba un criado, bajaba del coche sostenido por Horacio Guerrico –su secretario (¿?) argentino- y por su sobrino Larrain, que cargaba con varios objetos de los que el marqués no se separaba nunca: un chal de ceremonia de seda bordado en roo, regalo del gran mufti de Jerusalén, un botiquín que había pertenecido a Eugenia de Montijo, la esposa española de Napoleón III, un bastón con pomo de marfil, presente del emperador Bao Dai y una Biblia antigua cuyo primer propietario había sido Enrique VIII de Inglaterra.”

Pero por lo general, Georges llegaba a “su” teatro acostado en una litera que portaban a pulso dos gorilas vestidos de blanco. El marqués detestaba vestir de esmoquin. Prefería con mucho disfrazarse. De maharajá cubierto de perlas, de bonzo tibetano, de jeque del desierto, al estilo Rodolfo Valentino. Tenía una marcada inclinación por las chilabas, los turbantes adornados con plumas y las joyas bárbaras. Cuando el disfraz del anciano sobrepasaba los límites de la fantasía convencional –cierta noche llegó al teatro tocado con una mitra de obispo retocada por Christian Dior- los mirones que se apretujaban en la acera aplaudían a rabiar. El público le abría paso hasta la puerta del teatro y él, imperturbable, pasaba, saludando a diestra y siniestra con un gesto circular de la mano que provocaba el tintineo de las cadenas de oro arrolladas alrededor de su muñeca.

Instalaban a Georges como a un viejo rey en su trono, en un gran sillón Luis XV que él acarreaba de teatro en teatro por todo el mundo. A su alrededor se colocaban las más hermosas mujeres de París. La princesa Ibrahim de Turquía, cubierta de armiños, la princesa Troubetzkoy, que fue la primera que se atrevió a llevar pantalones en las veladas de soirée, Ludmila Tcherina, hierática como un ícono, Hélène Rochas, comparable a una flor de invernadero frágil y delicada, y también, cómo no, la vizcondesa de Ribes, que todavía no se parecía demasiado a su madre. Todas se apresuraban a satisfacer los menores deseos del marqués. Caprichoso como un niño, Georges no dejaba de pedirles vasos de agua tibia, cigarrillos que jamás encendía e incluso un espejito para echar una mirada a su maquillaje. A veces, cuando pretendía sentirse mal, les rogaba que sostuvieran su mano, honor que ellas se disputaban con acritud…”

Los pequineses de Cuevas salen a pasear por el Bois de Boulogne, acompañados de Henri, el chauffeur

Como pareja, el Marqués y la Marquesa de Cuevas se convirtieron más y más excéntricos. “Era poco convencional su matrimonio, pero curiosamente funcionaba”, dijo la Vizcondesa Jacqueline de Ribes, quien era una frecuente invitada en el petit hotel parisiense. “Siempre había gente esperando en el hall para tener una audiencia; era como una corte”, dijo un miembro de la familia. Otro observador del funcionamiento interno de la casa de Cuevas, Jean Pierre Lacloche, dijo, “Margaret siempre estaba en su habitación durante las fiestas. Odiaba acudir, pero usualmente lo hacía. Ella cedía a todas las bromas de George. No le importaba. Él hacía su vida alrededor de ella”. A menudo Cuevas recibía visitas tirado en su cama envuelto en una robe de terciopelo negro con cuello de marta y rodeado por sus nueve o diez perros pequineses –a quienes daba de comer violetas “así no huelen mal cuando se descuidan…” como solía explicar a quienes se asombraban de ello– Mientras, Margaret crecía más y más recluida y desaliñada en su vestuario.

Margaret Strong (quien luego de enviudar de Cuevas casaría con Raymundo de Larrain)

Tenía 72 años cuando se enfrentó en un duelo con el bailarín retirado -veinte años menor que él- Serge Lifar, el 30 de marzo de 1958. El duelo fue provocado por un argumento sobre los cambios realizados a Black and White, un ballet de Lifar que había sido presentado por la compañía de Cuevas. Lifar resultó abofeteado en público después de insistir que tenía los derechos sobre Black and White y, aunque envió a sus secretarios a Cuevas, éste rehusó extender una disculpa y eligió el duelo con espadas. Como los duelos estaban “técnicamente fuera de la ley” desde el siglo XVII, la hora y el lugar de esta contienda no fueron informados al público. Sin embargo se llevó a cabo frente a cincuenta fotógrafos de prensa y finalizó con los dos contendientes entre lágrimas y abrazos, en lo que The New York Times llamó “el más delicado encuentro en la historia del duelo francés”, con el resultado de un único corte en el brazo derecho de Lifar durante el séptimo minuto.

El histórico duelo con Serge Lifar (1958)

El éxito final de la carrera del Marqués fue una producción de “La Bella Durmiente”, que debutó en París en octubre de 1960 y fue muy bien recibida por la crítica. Sus doctores le permitieron asistir a la première, con Cuevas notando que “si voy a morir, lo haré detrás del escenario”. Fue trasladado hasta allí en una silla de ruedas luego de la actuación para recibir una ovación de la audiencia puesta en pie. George de Cuevas murió el 22 de febrero de 1961 en su villa de Cannes, Les Délices, a los 75 años. La trouppe tenía que inaugurar la temporada de Cannes con La Bella Durmiente la noche siguiente a la muerte de Cuevas, pero cancelaron la actuación en su memoria.

 Maques de Cuevas

La compañía continuó brevemente después de su muerte bajo la dirección de su sobrino Raimundo de Larrain, pero fue disuelta en 1962.