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brel-olympia-1964Hace 35 años, el 9 de octubre de 1978, fallecía en un hospital próximo a París, a la temprana edad de 49, de un cáncer de pulmón. Desde 1975 navegaba por el mundo en su velero L’ Askoy y, como Paul Gauguin tres cuartos de siglo antes, había llegado al mismo lugar de Atuana, en la isla de Hiva Oa, en el lejano archipiélago de Las Marquesas. Allí sería enterrado, muy cerca del pintor, pero antes todavía tuvo tiempo y ganas de grabar un último álbum, de título simplemente Brel (Barclay, 1977); quizá su mejor álbum, justo al final.

«Un hombre no debería cantar cosas así», comentó la gran Edith Piaf cuando en 1959 oyó interpretar por primera vez a Jacques Brel Ne me quitte pas. «No me dejes./ No quiero llorar más./ No voy a hablar más./ Me esconderé aquí,/ para mirarte,/ bailar y sonreír,/ y para escucharte./ Deja que me convierta/ en la sombra de tu sombra,/ la sombra de tu mano,/ la sombra de tu perro. / No me dejes…», rogaba, suplicaba el cantautor bruselense llegado a París unos años antes, mientras del disco de 45 rpm La valse á mille temps, título además de otro de los temas que hizo crecer su leyenda como intérprete, vendía 500.000 ejemplares en sólo seis meses.

El tema fue escrito tras la separación de Brel y su amante Suzanne Gabriello (Zizou, como él la llamaba), aunque fue él quien la dejó. Ella tenía 23 años cuando se conocieron, fueron cinco años de un amorío con separaciones constantes.Cuando ella quedó embarazada, él prometió que se divorciaría, pero no aceptó la paternidad y además compartió a Zizou con otra amante. Ella intentó suicidarse y lo abandonó. Fue entonces cuando, desgarrado por el miedo, Brel escribió Ne me quitte pas (No me dejes). Algunos años después diría: “Es la historia de un gilipollas, de un fracasado, de un cobarde”

Brel, como Brassens, no duda en cantarlo todo de todos: del diablo, del odio, de la ternura, de las mujeres, de las damas protectoras, del próximo amor, de Rosa, de Mathilde, de Marieke y de Clara, de los nombres de París y de la Bruselas de sus abuelos, cuando él «esperaba la guerra» y ella «esperaba a mi padre», o de los burgueses, de cuya forma de ser nunca pudo sustraerse del todo, aunque llegara a maldecirlos con sangrante ironía: «Los burgueses son como los cerdos, cuanto más viejos se hacen, más estúpidos se vuelven».

«Nada se vende pero todo se compra./ El honor e incluso la santidad, esto marcha./ Los Estados se transforman a escondidas/ en sociedades anónimas, esto marcha./ Los grandes se disputan los dólares/ venidos del país de los niños./ Europa repone El avaro.

Cuando en 1961 actúa por primera vez como solista en el Olympia, Edith Piaf se rendiría a la evidencia y brindaría con buen vino tinto por el artista: «Va hasta el límite de sus fuerzas; cada frase te llega a la cara y te deja como groggy», detalla Marc Robine, cantante e historiador de la canción francesa, y autor del libro biográfico Grand Jacques, le roman de Jacques Brel (1998).
En 1964 vuelve a actuar en el mítico teatro. Esta vez, en medio de un repertorio a medio renovar, presenta Amsterdam, otro de sus éxitos instantáneos, que años después llegará a adaptar el camaleónico y sofisticado David Bowie, que no pudo resistirse a la fuerza expresiva de la canción que mejor resume el espíritu del vaivén humano en los puertos marítimos.

El artista había dejado prácticamente la canción hacia 1967, «porque estaba en el momento en que se empieza a engañar», para dedicarse más al cine y el teatro. Cuando salió al mercado, en el otoño anterior al de su muerte, las tiendas de discos de París, como las de toda Francia y toda Bélgica, su Llano país, se cubrieron de pilas enormes de aquel álbum, después de haber satisfecho más de un millón de pedidos por adelantado.

«Hablan de la muerte como tú hablas de una fruta./ Observan el mar como tú miras un pozo./ Las mujeres son lascivas, al sol temible./ Y aunque aquí no hay invierno, esto tampoco es el verano… En Las Marquesas…», descubre cómo quiso recibir a la muerte, cuando la veía llegar. Encima lo contaba sin ambages, del mismo modo que se consolaba con los recuerdos de su mejor amigo, Georges Pasquier, o que reconocía con amargura que «la vida no hace regalos» y expresaba, desde el anonimato en un aeropuerto, que «es triste/ Orly el domingo,/ con o sin Bécaud».

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